Este fin de semana he alquilado un piso (perdón…apartamento) con mis amigos en Ballver para celebrar el cumpleaños de uno de ellos (Felicitats Xevi!). Los días pintaban bien la verdad. Piso para nosotros solos y comida solo para solteros. Antes de llegar nos perdimos, y tardamos tres horas más. Hasta aquí todo bien. El primer día no salimos, el segundo sí. El primer día nos emborrachamos. El segundo también. El primer día no pillamos. El segundo tampoco. El primer día fui feliz. El segundo aún más.
¿Cuántas veces habréis oído la frase: 'yo no sé para qué juegas, si no te va a tocar'? Yo muchas, ya que soy uno de los que la dice. Bueno, decía. Estábamos el sábado en una bolera en la Molina e hicimos una partida a los bolos, en la cual quedé en segundo puesto. Justo en la entrada del local había la máquina que me concedió la felicidad permanente. Era un corto, pero complicado jueguecillo en el cual salían unos cuadrados que tenías que montar unos encima de los otros haciendo así una pirámide que me llevó al Nirvana. El juego te daba la opción de ganar un llavero-peluche en forma de Bob Marley o bien seguir jugando para una PSP. Y claro, no es lo mismo. Mis amigos llevaban ya unos cinco euros invertidos. Yo ninguno. Así que puse mi primera moneda en la máquina. Había expectación. Unos niños que me hacían corro gritaban sin parar mientras no paraba de mirar los cuadradillos de izquierda a derecha de derecha a izquierda. Llegué a la última hilera. Me sudaban los dedos. El corazón me latía sin parar. Transferí la energía suficiente en el momento exacto y sí, gané la PSP.
Así que ahora mismo estoy de acuerdo con quien responde a la frase anterior 'pero, ¿a alguien le tiene que tocar? ¿no?'. Y ese alguien fui yo.