Mañana la decimoctava. El día de la mona es un día de celebración en casi todos los hogares catalanes donde hay un pequeñín, o no tan pequeñín, y es que con mis casi diecinueve tacos mis padrinos me siguen trayendo este presente comestible. Cada año me preguntan lo mismo: ¿quieres mona o dinero? Elijo siempre lo primero. Este día es una excusa para estar con los míos y, aunque siempre vaya mal de dinero, lo prefiero. Cada año que pasa más la disfruto, porque antes flipaba con los muñequillos, ahora que no me traen, flipo con el chocolate que, por cierto, antes no me lo comía y ahora sí.
La de mañana la disfrutaré el doble, porque este año tengo dos papeles que cumplir. La de ahijado, que ese se me da muy bien, y la de padrino. Por primera vez seré yo quien regale una mona a alguien. Juego con ventaja, ya que tengo la seguridad de que mi apadrinado aún no puede opinar al respecto. Aún así, espero que le guste. A su manera.
Aquí os dejo un recuerdo (¡como mola mi jersey!).