El pastelito estaba asqueroso, la verdad; pero, en realidad, fue lo único malo de aquel día -a parte de mi peinado, claro (cosas de la Jenny)-. Hace ya unos añitos de este momento, aunque no lo olvidaré con facilidad. "¡Come otro!" me decía el cabroncete de mi primo, que en aquella época tendría los años que tengo yo ahora o incluso menos, mientras me miraba el camarero complacido por haberme tragado el 'anterior' pastelito, en realidad, el único. Era el día de la boda de mi hermano. Yo, no sé si por tradición o qué, era el padrino. Para los que no estén enteraos, el padrino es el responsable de recitar un verso, escrito por él y no plagiado, a la novia y tener el privilegio de verla antes que el hermano; también de entregar-le el ramo.
Os explicaría encantado la boda, pero ya está en DVD. Al ser padrino del enlace sabía que no sería padrino del futuro/a hijo/a, así que me metí en el papel como pude y aguanté como un campeón, sonsacando los colores e incluso alguna lágrima a alguno que otro. Ahora puedo declarar-me padrino oficial de la familia, ya que al final mi sobri sí que será mi ahijado. Sé que no es Guillermo Shakespeare (¿eh Guille?), tampoco Neruda, ni Espronceda; pero ahí va la cursilería, mi cursilería, con flores en mano:
En el gran terreno húmedo
que en diez años
se ha creado en vuestro corazón,
plantaréis las primeras flores
a partir de vuestro noviazgo, hoy.
Al comienzo sólo amapolas blancas
que son el sueño de vuestro amor,
luego docenas de claveles de poeta
que es el alma viva de vuestra relación.
Después mucha esperanza
con el rojo y amarillo tulipán
y dos rosas que se quieren
con motivo de amistad y paz.
Millones de orquídeas blancas
al lado del río deben crecer
hasta el tardío atardecer
de la infinita madrugada.
Y el jardín empezareis
con las flores de este ramo
como señal del amor
de tu futuro novio, mi hermano.
Sin título -
Manel Vázquez